Damisela José de la Luz y Caballero por José Martí.

José Martí - Crónicas y Ensayos - José de la Luz y Caballero por José Martí.

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José de la Luz y Caballero
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José Martí honra el nombre de José de la Luz y Caballero en esta obra. Esta crónica fue publicada en el diario “Patria” en Nueva York en 1894. Al final de esta crónica Martí hace referencia a dos obras de otros escritores que él incluyó al final de ésta.




José de la Luz y Caballero


Él, el padre; él, el silencioso fundador; él que a solas ardía y centelleaba, y se sofocó el corazón con mano heroica, para dar tiempo a que se le criase de él la juventud con quien se habría de ganar la libertad que sólo brillaría sobre sus huesos; él, que antepuso la obra real a la ostentosa, -y a la gloria de su persona, culpable para hombre que se ve mayor empleo, prefirió ponerse calladamente, sin que le sospechasen el mérito ojos nimios, de cimiento de la gloria patria; él, que es uno en nuestras almas, y de su sepultura ha cundido por toda nuestra tierra, y la inunda aún con el fuego de su rebeldía y la salud de su caridad; él que se resignó, -para que Cuba fuese, -a parecerle, en su tiempo y después, menos de lo que era; él, que decía al manso Juan Peoli, poniéndole en el hombro la mano flaca y trémula, y en el corazón los ojos profundos, que no podía «sentarse a hacer libros, que son cosa fácil, porque la inquietud intranquiliza y devora, y falta el tiempo para lo más difícil, que es hacer hombres»; él, que de la piedad que regó en vida, ha creado desde su sepulcro, entre los hijos más puros de Cuba, una religión natural y bella, que en sus formas se acomoda a la razón nueva del hombre, y en el bálsamo de su espíritu a la llaga y soberbia de la sociedad cubana; él, el padre, es desconocido sin razón por los que no tienen ojos con que verlo, y negado a veces por sus propios hijos.

¿Qué es ver la luz y celebrarla de lejos, si se la huye de cerca? ¿Qué es saludar la luz, mientras sus rayos tibios adornan flojamente la desidiosa naturaleza, y ponérsele de cancel, en cuanto sale del caos quemando y sanando, con el brío del sol? ¿Qué es pensar sin obrar, decir sin hacer, desear sin querer? ¿Qué es ver caer la torre desecha sobre el pueblo amado, y tener al pueblo por la espalda, como la celestina a la novicia dolorosa, para que le caiga mejor la torre encima? ¿Qué es aborrecer al tirano, y vivir a su sombra y a su mesa? ¿Qué es predicar, en voz alta o baja, la revolución, y no componer el país desgobernado para la revolución que se predica? ¿Qué es la gloria verdadera y útil, sino abnegarse, y con la obra silente y continua tener la hoguera henchida de leños, para la hora de la combustión, y el cauce abierto, para cuando la llama se desborde, y el cielo vasto y alto, para que quepa bien la claridad?

Lo más del hombre, y lo mejor suele ser, como en José de la Luz, lo que en él sólo ven a derechas quienes como él padezcan y anhelen; porque hoy, como en Grecia, «se necesita ser fuego para comprender el fuego»: o los que oyen aterrados su paso en la sombra. De él fue lo más la idea profética e íntima, que no veía acomodo entre su pueblo sofocado y crecedero-cercado de la novedad humana, y la nación victimaria, lejana e incapaz, que entrará descompuesta y sin rumbo a su ajuste violento e incompleto con el mundo nuevo,- y consagró la vida entera, escondiéndose de los mismos en que ponía su corazón a crear hombres rebeldes y cordiales que sacaran a tiempo la patria interrumpida de la nación que la ahoga y corrompe, y le bebe el alma y le clava los vuelos. Los pueblos, injustos en la cólera o el apetito, y crédulos en sus horas de deseo, son infalibles a la larga. Ellos leen lo que no se escribe, y oyen lo que no se habla. Ellos levantan, como el sabueso al enemigo, aunque use lengua túrgida y sedosa, y descubren la pasión de virtud que se suele ocultar, para servir mejor, en el sacrificio desconocido o en el silencio prudente. Ellos, en los países de desdén y discordia, quieren, con apego de hijo, a los hombres de justicia y amor,-a los que no emplean en herir a sus hermanos dispuestos a morir por su patria la energía que reservan para perpetuar en ella el poder de sus tiranos. Y así ama, con apego de hijo la patria cubana a José de la Luz.

Lo que es para los enemigos de Cuba y del libre empleo del alma cubana en la tierra que pueblan insolentes los aventureros que la odian, véase en el párrafo de un discurso de Francisco Santos Guzmán en Cienfuegos. -Y lo que es para los cubanos que le oyeron de cerca la palabra creadora, véase en otro párrafo que publica «Alt Wander» en La Verdad de la Habana.





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Última Revisión: 1 de Septiembre del 2007
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